Cuando se habla de identidad gastronómica, el burrito no puede faltar al norte de México. Y es que hoy en día ya es un platillo reconocido a nivel internacional sin muchos saber que este se encuentra profundamente arraigado a la vida cotidiana en la frontera, específicamente en Ciudad Juárez, donde el burrito fue una solución para alimentar a trabajadores y viajeros.

Si nos basamos en la tradición oral, este platillo nace a inicios del siglo XX. La versión más difundida habla del señor Juan Méndez, quien era un vendedor de comida ambulante y transportaba su comida en un burrito de carga para venderla en varios puntos de la ciudad. En su búsqueda de intentar mantener los alimentos calientes y facilitar el consumo, empezó a meter diferentes guisos en tortillas de harina para posteriormente enrollarlas creando así los burritos.
Los clientes de Juan empezaron a asociar su comida con el animal que lo acompañaba así que poco a poco empezaron a pedir «los del burrito», nombre que después se simplificó hasta quedar en lo que conocemos hoy como «burritos».
Pasando más allá de la leyenda, el burrito nace ante una lógica regional: es el norte del país, a diferencia del centro y sur se utiliza principalmente la tortilla de harina de trigo, ingrediente introducido durante la colonización españolas que por supuesto, como es bien sabido se fue adaptando a las inclemencias del desierto fronterizo.

En primeras versiones, el platillo era sencillo: tortilla de harina, frijoles y uno o dos guisos. Pero con el paso del tiempo y la expansión hacia Estados Unidos, especialmente en ciudades fronterizas, el platillo evolucionó, agregando arroz, queso y crema, dando origen a nuevas versiones del burrito.
Hoy en día, el burrito es un ícono de la gastronomía fronteriza, comida que encapsula y nos cuenta historia, migración y creatividad culinaria. En Ciudad Juárez el burrito es parte esencial de la vida diaria desde puestos callejeros hasta cocinas familiares.
